The Diocesan Dialogue
Current Issue
March 2008
Reflexiones de la obispa
"Reclamando la Vocación Verde"
"Entonces Dios el Señor formó al hombre de la
tierra misma, y sopló en su nariz y le dio vida. Así el
hombre se convirtió en un ser viviente. Cuando Dios el Señor
puso al hombre en el jardín de Edén para que lo cultivara
y lo cuidara". (Génesis 2: 7, 15)
Como todos ustedes saben, "esta frágil tierra, nuestro
hogar insular" eta experimentando cambios climáticos profundos,
perjudiciales y quizás irreversibles. Tales cambios calientan
el hielo y elevan el nivel de los océanos, destruyen a muchas
especies y su habitad, causando sequia en la tierra y agotando muchos
de los recursos de los que dependen nuestras vidas. Por tal motivo,
nuestros descendientes y quizás nosotros mismos enfrentamos
un futuro incierto y difícil.
Los científicos y los naturalistas,
que por mucho tiempo nos han advertido sobre estos peligros, han demostrado
contundentemente que los cambios climáticos actuales son directamente
causados por comportamientos humanos y no por los ciclos naturales
del clima. No solo eso, sino que también pueden decirnos cuales
son esos comportamientos y como (y a que velocidad) están afectando
nuestro entorno. Probablemente, en nuestro no muy distante pasado,
no sabíamos sobre los riesgos y los efectos de nuestro consumo
de energía, pero seguramente ahora vivimos más una etapa
de negación que de ignorancia.
De cualquier manera, los mayordomos no son buenos mayordomos cuando
ellos son la causa de los problemas. A los cristianos nos gusta llamarnos
así, y ese nombre sirve para indicar que no somos ni los creadores
ni los propietarios de la tierra. Sin embargo, es saludable recordar
que al mundo le fue bastante bien hasta que aparecieron los mayordomos,
tal como una vez lo dijera Russell Train, el director del fondo mundial
para la vida silvestre.
Probablemente necesitamos una nueva forma de
pensar acerca de nosotros y de nuestra responsabilidad con la vida
en este planeta. La cita bíblica inicial proviene de Génesis
2, que es el más antiguo de los dos relatos de la creación.
Como ustedes saben, la mayoría de nosotros no leemos estos textos
como relatos sobre el origen científico del mundo, sino como
narraciones religiosas, y aún mitológicas, que transmiten
verdades en una manera diferente.
Me resulta interesante el reflexionar
sobre el significado de la experiencia de los autores humanos, inspirados
como lo fueron, al describir los comienzos en la forma en la que lo
hicieron. El autor de esa cita bíblica parece haber estado se
la había dado una vocación. Dios lo dignificó con
el llamado para "cultivar y cuidar" el jardín, y le
dio la capacidad para hacerlo, ya que los seres
humanos son la únicas
creaturas que pueden aprender aptitudes y contemplar las consecuencias
de lo que hacen.
En mi lectura de esta historia, esa primera criatura
humana es ahora todos los seres humanos, la vocación "verde" es
universal, y el jardín es la tierra preciosa de Dios. Es una vocación
que todos debemos reclamar, en cualquier manera y lugar que nos sea posible.
En
una de nuestras plegarias eucarísticas hablamos de "esta
frágil tierra nuestro hogar insular". En muchos aspectos
la tierra es frágil, pero también tiene la capacidad de
recuperarse y también la de perdonar ilimitadamente. Ahora sabemos
más sobre sus creaturas y ecosistemas que cualquier generación
anterior a nosotros, y entendemos la interdependencia de toda la vida
y de todas la condiciones de vida. Pero a pesar de esto el tiempo no
esta de nuestro lado.
Muchas veces he escuchado a teólogos que
dicen que toda la creación "cayó" cuando Adán
y Eva desobedecieron a Dios al comer del fruto prohibido. Esta me parece
una manera muy simplista e inútil de explicar lo que sucedió,
además de que libra muy fácilmente a las generaciones modernas
de cualquier responsabilidad. Con más seguridad podemos decir
que las bastas tecnologías de la revolución industrial
han sido las que han propiciado y magnificado nuestro continuo abuso
de la tierra y de sus intrincados sistemas de interdependencia.
Estamos
al final de la cuaresma pero todavía hay tiempo para arrepentirnos
y enmendar nuestras vidas.
Fielmente, Carolyn
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