The Diocesan Dialogue
Current Issue
May 2008

Reflexiones de la obispa

El tema que escucho, a través de mis recientes presentaciones fuera de la Diócesis es, "Abogacía". He utilizado esta palabra para alentar a profesores retirados, estudiantes graduados de la Universidad y otros líderes comunitarios para dar voz a la gente y criaturas que no tienen voz o que sus voces no son escuchadas.

Una persona no necesita ser cristiana o religiosa para reconocer la importancia moral que ciertas formas de abogacía significan. En ocasiones hablamos solamente para nosotros mismos, cuando damos nuestras opiniones o interpretaciones de algo. Abogacía también puede ser una expresión negativa del individualismo característico de nuestra cultura. Cada hombre para sí mismo¨, es un pobre consejo moral para la gente de cualquier edad, ocupación o afiliación.

La abogacía en general esta profundamente insertada en nuestro sistema legal, y esta asociada con la tradición cristiana de orar a través de los Santos y de Cristo mismo. Sin embargo aun dentro de este concepto la abogacía puede tener un propósito egoísta al solamente pedir que nuestra causa sea la única o la mas importante.

Pero la abogacía que yo tengo en mente reposa sobre los amplios valores religiosos tales como, libertad, igualdad, justicia y hasta la vida misma.

Desde una perspectiva ambientalista muchas de las criaturas y especies de Dios no tienen voz propia, sabiendo que cuando estas están siendo dañadas o puestas en riesgo nos obliga a hablar en su nombre, frecuentemente por el bienestar y balance de todo el sistema en el cual participan.

Desde el punto de vista humano, muchos individuos o grupos de personas: inmigrantes y minorías, los jóvenes y ancianos, aquellos que están heridos o enfermos, los pobres y las futuras generaciones y las causas mundiales tienen la necesidad e que otros aboguen por ellos para que su causa sea escuchada. Con frecuencia es difícil saber donde comenzar o como proceder, pero podemos descubrir estas cosas cuando mantenemos nuestro deseo de hacerlo, escuchar en nosotros mismos la voz del Espíritu Santo.

Fielmente, Carolyn

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